Hay puertas que no se cierran despacio.
Se azotan.
Y uno se queda del otro lado,
con la mano aún levantada,
sin saber si tocar otra vez
o aprender a irse.
Yo ya toqué.
Ya dije lo que sentía,
ya puse el pecho en la mesa
y el corazón en bandeja.
No hubo respuesta.
Y a veces el silencio no es duda…
es decisión.
No voy a volver a insistir
donde ya fui un problema.
Porque el amor no debería sentirse
como pedir permiso para existir en la vida de alguien.
Así que hoy no escribo para que vuelvas.
Escribo para recordarme
que también sé irme.
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